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La zona muerta

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Le había bastado con tocar al médico para saberlo: había pasado más de cuatro años en coma. Y se horrorizó. Se horrorizó por los cuatro años perdidos, pero sobre todo por saberlo. Porque un simple apretón de manos era suficiente. Sabía. Sabía a distancia y por anticipado. Supo que ardería el restaurante. Supo quién era el escurridizo asesino. Y sabía tantas cosas... ¡No era justo! ¡No lo era! La jaqueca le martirizaba y parecía que la cabeza le fuera a estallar. Además, quienes querían saber luego le rehuían como si fuera un monstruo. Y la tortura de saber seguía implacable, y el rechazo, y la publicidad, y el horror de tomar una decisión, y sólo con pensarlo la cabeza le dolía atrozmente. Aquel hombre no sólo era inicuo, sino que iba a convertirse en presidente de los Estados Unidos e iba a hacer saltar el planeta en pedazos. Y él lo sabía. LO SABÍA. Tenía que matarlo. ¿Tenía que hacerlo? ¿Por qué? ¿Por qué el horror de saber? Pero los dados estaban echados: no podía llevar su conocimiento a la zona muerta para convertirse en un ciudadano vulgar, tan vulgar como su nombre, John Smith.

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La zona muerta, Stephen King, Eduardo Gongorski

Język
Rok wydania
1985
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Tytuł
La zona muerta
Język
hiszpański
Wydawca
Orbis
Rok wydania
1985
Liczba stron
450
ISBN10
8440223617
ISBN13
9788440223616
Seria
Pierwsze wydanie
1979
Oryginalna nazwa
The Dead Zone
Ocena
3,95 z 5
Opis
Le había bastado con tocar al médico para saberlo: había pasado más de cuatro años en coma. Y se horrorizó. Se horrorizó por los cuatro años perdidos, pero sobre todo por saberlo. Porque un simple apretón de manos era suficiente. Sabía. Sabía a distancia y por anticipado. Supo que ardería el restaurante. Supo quién era el escurridizo asesino. Y sabía tantas cosas... ¡No era justo! ¡No lo era! La jaqueca le martirizaba y parecía que la cabeza le fuera a estallar. Además, quienes querían saber luego le rehuían como si fuera un monstruo. Y la tortura de saber seguía implacable, y el rechazo, y la publicidad, y el horror de tomar una decisión, y sólo con pensarlo la cabeza le dolía atrozmente. Aquel hombre no sólo era inicuo, sino que iba a convertirse en presidente de los Estados Unidos e iba a hacer saltar el planeta en pedazos. Y él lo sabía. LO SABÍA. Tenía que matarlo. ¿Tenía que hacerlo? ¿Por qué? ¿Por qué el horror de saber? Pero los dados estaban echados: no podía llevar su conocimiento a la zona muerta para convertirse en un ciudadano vulgar, tan vulgar como su nombre, John Smith.